Ese compañero de dos años

La samblea.nº7. Primavera 1.988


Ese compañero/a de dos años que a los ojos de casi todos es un ser insignificante, dependiente, llorón, inquieto, que todo lo toca y casi todo lo destruye en un afán imperioso de conocer todo un mundo de objetos desconocidos, es para la mayoría de las personas que lo conocen; un proyecto de hombre o mujer, un juguete gracioso y dulce que motiva la ternura de una sociedad decadente.

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Ese compañero de dos años La samblea. nº.7 1988

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Con ese niño/a compañero/a de dos años me encuentro cada 11 de septiembre, como con una pequeña sorpresa traída con sentimientos de ambivalencia por unos progenitores, que ceden por unas horas al día su responsabilidad en nosotros; esos maestros-compañeros que abrimos las puertas de la  escuela cada año y cada día a una hora aproximada.
En estos momentos de cesión transitoria se reúnen sentimientos encontrados y a veces entrecortados. Los padres que sienten cierto temor, tristeza y hasta angustia mezclada con cierta dosis de alivio al poder recuperar por unas horas una libertad abandonada en el momento del parto Los niños que conscientes de que  un cambio de situación  van a padecer, teatralizan una despedida tragicómica para evitar desprenderse del cálido útero materno, y nosotros los amigos compañeros que esperamos, observando atentamente ese inicio de la relación que a partir de ahora vamos a tener ocasión de establecer.
Durante esos primeros momentos, es un niño/a, casi un bebé o una bebita, quién allí acapara la atención primordial de un público poco numeroso, en el momento que cerramos la  puerta, ese pequeño o pequeña, se va a convertir inmediatamente en ese compañero/a de dos años.
La puerta se cierra, el niño/a generalmente llorando va a entrar por primera vez en su corta vida, en un recinto extraño que nosotros le presentamos como la palanca de acceso a la libertad.
En ese momento crucial en el cual se ha cortado el cordón umbilical, muchos de esos pequeños compañeros/as van a padecer  unos momentos de angustia, la que ha de sufrir todo ser humano en presencia de algo desconocido, pero en este primer contacto con esa realidad desconocida, nosotros vamos a procurar eliminar rápidamente esa angustia, para crear una experiencia  positiva de enfrentamiento con lo desconocido. Vamos a retirarnos o a recoger en nuestros brazos esa inseguridad momentánea y vamos a poner en su lugar la  seguridad que pudieran sentir que han perdido.
Pasado ese primer momento, nos vamos a mirar y a reconocer, vamos a iniciar un diálogo mudo, intuitivo y respetuoso, vamos a coger de la mano a ese nuevo compañero, si es que así lo desea, para mostrarle la casa donde va aprender a vivir y a convivir  con un conjunto de heterogéneo de personas, que van a simbolizar en una realidad cotidiana, la vida.
Entre los muchos compañeros de dos años que año a año nos rodean, cada uno va a manifestarse tal y como desea hacerlo, sin que nosotros interfiramos en sus primeros pasos facilitándole la experiencia positiva del respeto a su forma de manifestación
.
Generalmente estos compañeros esperan nuestra interferencia en su modo de actuar, pero es una trampa que nos tienden y en la que intentaremos no dejarnos atrapar, le diremos que pueden hacer aquello que desee y sin alejarnos mucho, esperaremos tranquilos  y serenos a que inicie su andadura.
No nos alejaremos mucho, porque al tener nuestro compañero/a dos años, necesita en estos momentos nuestra presencia para no sentirse intranquilo, pero nosotros no se lo diremos,  le transmitiremos la seguridad que necesita para que pueda comenzar a desplazarse por el entorno sin miedo ni  angustia.
Otros tantos, intentarán  acaparar nuestra atención en exclusividad, intentarnos ponernos la siguiente trampa, que recojamos el relevo del cordón umbilical, pero nosotros intentaremos de nuevo no dejarnos enganchar, por un llanto dulce, sus ojos tiernos o sus brazos suplicantes, les ofreceremos a cambio de la dependencia, la seguridad y el afecto cálido, que desde ese mismo momento comienza  a ser compartido con los demás, sin que ninguno se sienta más afectado por él que los otros. Es el primer encuentro con la realidad no egocéntrica, que con suavidad se ha de ir haciendo presente en la convivencia cotidiana.
Otros saldrán huyendo de nuestra presencia en busca de esa experiencia nueva que sienten  que va a tener fuera de la vista de las personas que le cuidan  insistentemente y que tal vez sin haberse dado cuenta le han hecho sentirse un tanto asfixiado/a, son los que por propia iniciativa van buscando un aire nuevo de libertad.
Todos ellos , como un mundo bullicioso e intranquilo comienzan a vivir. Una vez eliminada esta primera dificultad, los niños comienzan a disfrutar de unas vivencias nuevas y multitudinarias que hasta ahora no han tenido oportunidad de tener.


Se inician con el desplazamiento por todo el entorno, viendo, corriendo y tocando todo lo que encuentran a su paso. Generalmente todos ellos intentan hacer como un imperativo inesquivable todo aquello que hasta ahora se les ha negado o de alguna manera se han sentido coaccionados.


Así, el chillar y correr sin medida y sin que nadie acalle sus voces, jugar con agua  y con tierra, sin que nadie les advierta que se pueden ensuciar, subirse a las mesas y a las sillas, que son lugares de atracción desmedida, sin más limitaciones que el aprendizaje de poder hecerlo sin peligro. El mearse y cagarse sin que nadie les reprenda o se incomode, les llevará a alcanzar por ellos mismos la decisión de superar sus etapas anales sin traumas o precipitaciones.


Las ofertas nuevas de poder servirse el agua, ponerse su mesa, comer solos, vestirse y desnudarse sin limitación  de tiempo, voces acuciantes o nerviosismos innecesarios.
Romper los juguetes no por un afán destructivo, pero sí curioso y de placer sin cuidado. Es comenzar a vivir desde sí mismos su propia existencia con otros, teniendo la oportunidad de tener todo un campo infinito de experiencias y vivencias desconocidas, que sus cerebros reclaman constantemente.


Es un mundo lleno de voces y ruidos, que es lo mismo que decir que es un mundo de vida.
Nuestr@s compañer@s de dos años comienzan su andadura en su relación con l@s demás con las características propias de su edad y los condicionamientos propios de su propia historia.


Nosotr@s hemos de dejar de representar a sus progenitores/as para convertirnos en el tiempo menor posible en estos maestros-compañeros que le van a ayudar a crecer y a evolucionar sin trabas en n clima de independencia y madurez que cada uno, de una manera distinta, reclama como suyo. Y a cada uno hemos de aportarle su respuesta, una respuesta muchas veces irrepetible y otras tanta similar a la de sus otros compañeros de dos años.


Es un mundo pleno de vivencias, no solo para ellos, sino también para todos nosotros. El reencuentro con la primera infancia, que cada uno de nosotros no pudimos vivir porque se nos mutiló de una  u otra manera, es algo hermoso y atractivo. El abrir las puertas a un mundo desconocido de nuevas experiencias a esas pequeñas personas, sabiendo que ahí se está formando la base estructural de su psiquismo, sobre el cual se va a sustentar su personalidad, implica la mayor de las responsabilidades que un maestro-compañero puede tener. No es fácil asumirla, tan solo hace falta quererla.


El juego que a lo largo de ese primer año se establece entre los compañeros de dos años, sus padres y familiares y  los compañeros- maestros, es uno de los más ricos que los profesionales de la comedia quisieran tener entre sus cómicos.


El/la compañer@ de dos años es enormemente listo, plástico, intuitivo y conocedor de las personas que le rodean. Es al mismo tiempo el mejor actor cómico y dramático que puede existir y en esa representación todos los que pasamos por esa casa-escuela vamos a tener un papel y a responder a él de la mejor manera que podamos.


El pequeñ@ compañer@ va a luchar por mantener su dependencia con los padres porque ello le aporta una serie de beneficios incalculables y también una serie de inconvenientes, cuando comienza a caminar solo, querrá ambas cosas y se lanzará con todas sus energías a seguir siendo el bebé para sus padres, y el que se inicia a ser “mayor” en la casa-escuela. Progresismo y tradicionalismo va a ser la dicotomía en la cual se va a desenvolver, y de la que saldrá airoso camino de la evolución si los mayores representamos el papel que tenemos sin errores o falsos esquemas.


El pequeño compañer@ nos enseña cada día la multitud de cosas que puede hacer por sí mismo, solamente con darle credibilidad y la oportunidad de esperar que lo demuestre, sin adelantarnos a hacérselo, sin miedo o impaciencias, dándoles la convicción de que no intervendremos, que ese es un asunto que solamente a ellos les compete y que no vamos a infravalorar su dotación ni sus posibilidades, ya que cada vez que lo hagamos, que interrumpamos ese proceso de evolución, sin intentarlo y sin desearlo vamos a castrar sus posibilidades de desarrollo y maduración.


En lugar de responder a sus actos con otros que interferirán el proceso, emplearemos con ellos el tiempo para hablar y establecer un diálogo continuo. Ellos lo recogerán y lo enlazarán antes o después, porque si es cierto que muchos saben hablar poco, pero TODOS tienen un cerebro inteligente que les capacita para la realización de una comunicación verbal y a un amplio desarrollo del razonamiento.


El compañer@ de dos años, va a ir creciendo, no tanto en cuerpo como en cerebro en esta relación  de congestión que nosotros los compañeros-adultos les vamos a ofrecer.


A lo largo de un tiempo no demasiado largo nuestro compañer@ de dos años, nos mirará de una manera diferente, nos comprenderá de una forma distinta que a los otros adultos, habremos establecido con ellos y ellas una comunicación diferente en donde nos jugamos, ellos y nosotros, día a día y hora a hora nuestro egocentrismo frente a la autonomía, la maduración y la libertad.



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