Por el difícil camino de la autonomía

Que parece que involucionamos, es una realidad que nos asola, pero es una realidad.

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Por el difícil camino de la autonomía sin olvidar "lo femenino"

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Mujeres para la Anarquía

 


Ya sabemos que a las mujeres, con facilidad, se nos trae y se nos lleva más como objetos que como seres pensantes y racionales. Esa es otra realidad. Ya que sihace falta mano de obra barata, aquí estamos las mujeres, si hay que producir más seres para este mundo ahí estamos las mujeres. Si hay que salir a consumir, ahí estamos las mujeres, si hay que salir a la calle a reivindicar sobre “sus asuntos”, ahí estamos las mujeres, y el etcétera sería interminable.


Pero, con toda esta realidad, nos venimos hace tiempo preguntando, si es que somos tan frágiles, tan vulnerables y tan “tontas” para que se traigan y lleven según intereses ajenos a nuestra identidad.


En ocasiones nos han asaltado el prejuicio de pensar que “debe ser así”, pero eso es lo único vendría es a apoyar el concepto que tienen de nosotras los poderes patriarcales, por lo que no deben ir por ahí los tiros.


Entonces, ¿qué está sucediendo, o más bien, qué nos sucede? La respuesta puede ser compleja o lamentablemente obvia: NO QUEREMOS SER AUTÓNOMAS:
- Es por qué la autonomía supone riesgos y somos prudentes?
- Es por qué la autonomía supone responsabilidad y nos aterra?
- Es por qué nos han comido el “coco” de tal manera que nos sentimos frágiles a la hora de ejercer como personas autónomas?
- Es por qué lo desconocido nos da inseguridad y lo nuevo nos producen temor?.
- Es por qué la coraza del estereotipo es tan férrea que nos resulta casi imposible romperla?
- Es pro qué nos adaptamos con facilidad a lo conocido y nos falta coraje para desadaptarnos?.
- Es por qué, tanto nos lo han dicho, que nos hemos creído que ese es nuestro papel en la historia de la humanidad?.
- O es qué la represiones ejercidas sobre nosotras son tan salvajes que nos cuesta muchísimo enfrentarnos a ellas?.


Evidentemente, no tenemos la respuesta, pero bien puede ser una síntesis de lo dicho anteriormente. Lo cierto es que las mujeres damos “un pasito para adelante y nos obligan a dar dos pasitos para atrás”, de ahí que parezca que siempre nos encontramos en el mismo lugar. Pero esa obviedad no parece cierta, ya que si permanecemos en el mismo sitio, al menos no retrocederíamos.


Claro que está conclusión no nos satisface en absoluto, porque deseamos poder encontrarnos más cerca de nuestro objetivo y ese no es otro que el de ser y ejercer como ciudadanas de la misma clase que otros seres llamados “pensantes”.


Se “nos dice”, porque la historia tiene su peso -es indudable-, que las cosas no caminan hacia delante porque las mujeres carecemos de un fuerte sentimiento de solidaridad, algo que los hombres tienen porque se les ha educado para ello, y por lo tanto, al no tener unión entre nosotras no ejercemos la fuerza que nos acercaría a nuestros objetivos, y puede que tengan razón y sea esa la causa de nuestros grandes avances y grandes retrocesos.


Pero, pensamos, que el problema se encuentra también en la individual idad de la mujer, es decir en su hacer como persona independiente de las demás; en su esfuerzo, esa toma de contacto con su realidad y la realidad de su colectivo, pasa por ser un acto de voluntaria decisión, un acto solitario, un acto de libertad.


Es claro y real que la libertad dé miedo, porque exige asumir la responsabilidad de nuestros actos y sus consecuencias, pero, sin libertad, no hay verdadera identidad humana. Por ello, si queremos ser ese tipo de ciudadanas que venimos preconizando desde que el mundo es mundo, no nos queda más alternativa que hacer uso constante y cotidiano de ella, y la autonomía no es más que la puesta en práctica de esa libertad.


Es evidente que las mujeres queremos aglutinarnos para que nuestra lucha sea más efectiva, sí, es preciso y necesario, pero ello debe ir acompañado con el coraje y el deseo expreso de cada mujer que se compromete al mismo tiempo con su lucha particular día a día, con sus actos en contra del dominio, la sumisión o la represión de cualquier tipo y sobre todo, con el abandono de las formas imitativas de los hombres, porque ellas no nos sirven como no les sirven a ellos.


De ahí, que en nuestra lucha colectiva e individual debamos abandonar el esquema masculino de actuación; es decir, la competitividad, la violencia, el dominio, la frialdad, la falta de sensibilidad y el desamor, y dejar que nuestro esquema mental de la feminidad impregne nuestras relaciones y las nuestras con el otro género, las otras edades, clases, razas, etnias y diversidades humanas.


El retorno a lo “femenino”, a la identificación con nuestras madres para reivindicar su existencia y sus características valiosas de relación, en lugar de asumir una identificación con el padre, con lo masculino y las características negativas de éste; es lo que verdaderamente puede ayudarnos a ser personas evolutivas y maduras y mujeres que defendemos con nuestras actuaciones cotidianas los rasgos específicamente femeninos de: la no violencia, la no competitividad, el diálogo, la tolerancia, la ternura, la comprensión, la ayuda y, como rasgo sobresaliente: la comunicación, el deseo de intercambiar información, ideas y pensamientos.


Es posible, únicamente posible, que el mayor error que cometemos las mujeres y que nos impide un avance más rápido hacia la igualdad y la autonomía, sea el de ir asumiendo y reproduciendo un esquema masculino de actuación, por pensar que el hombre es el ser más privilegiado y sus rasgos los mejores y más importantes; de ahí que nos encontremos con muchas mujeres que, abandonando su esencia femenina, piensan, actúan y se manifiestan con rasgos específicamente masculinos, con lo que nuestro camino hacia la autonomía se imposibilita, porque a priori nos hacemos depender de sus características consideradas como arquetipos; y ahí, en esa sustitución de valores es cuando nos encontramos en situación de vulnerabilidad y por ello, sin darnos cuenta, involucionamos, por que en el fondo persiste una inseguridad en nuestra identidad y en lugar de luchar por reforzarla y manifestarla, lo único que hacemos es imitar “sus actitudes”, “sus formas”, “su estereotipo”.


Es hora ya de abandonar estas formas imitativas que encubren un fuerte sentimiento de inferioridad y expresar y mantener de forma constante y continua nuestra forma de ser y de interpretar el mundo, porque, entre otras cosas; su fracaso es evidente, no hay más que echar una mirada a este mundo caótico, pero el que nosotras fracasemos, está todavía por ver.


MUJERES POR LA ANARQUÍA