Modelos de identidad

Qué significa ser diferente


“En una cultura que porpende a la mayor uniformidad de las conductas, como la nuestra, ser “el segundo sexo”, como definió Simone de Beauvoir, no significa ser una opción equivalente y alternativa, sino sencillamente ocupar un lugar secundario y subordinado.

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Mujeres para la Anarquía

Contra lo que se piensa comunmente,esto no es una consecuencia necesaria de la división sexual del trabajo, sino el producto de una determinada configuración socio-cultural que, a partir de centralizar la explotación de los recursos y de las personas, termina incluyéndolas a todas en una escala jerárquica con una cúpula ocupada por los poderosos, que se transforman en el único modelo válido , y referente obligatorio de todos los demás sectores.


Este proceso, según el cual confluyen en un sector la acumulación de poder y el desarrollo de una ideología que lo legitima proponiéndolo como objeto de imitación, suele darse en cualquier sociedad jerarquizada, pero adquiere su mayor desarrollo y coherencia cuando coinciden grandes desigualdades económicas y de poder, con una valoración teórica de la igualdad.Así, en la civilización occidental hay que ser rico, blanco, fuerte, joven (y por supuesto hombre) si se quiere ser una persona “correcta”, todo lo demás es desviación de la norma y no aporta más que límites al modelo a lograr.


El modelo ideológico está basado en un “arbitrario cultural”  que privilegia un tipo de conocimiento que excluye sistemáticamente a su contrario.Nuestra sociedad se siente entonces incómoda con la ambigüedad, todo lo que no es SÍ debe forzosamente que ser NO.Ante esta tendencia generalizada, ni siquiera los descubrimientos de la ciencia (que es sin embargo el prototipo de modelo aceptado de conocimiento) que matizan y relativizan las conclusiones, consiguen flexibilizar el concepto de verdad.


Incluso nuestra concepción religiosa, basada en una idea de dios como único e inmutable, apoya la tendencia a elaboraciones mentales con un modelo también único de conductas apropiadas.Al respecto es interesante señalar que la conducta que se asigna a la mujer digna de ser adorada en los altares(la Virgen, fundamentalmente, pero también las santas) es específicamente la docilidad y la obediencia al ser todopoderoso y masculino. No hay ninguna equivalencia, a nivel mítico,entre los roles de género.La especificidad femenina es reconocida como tal en tanto que subordinada, y el acto mismo de la santificación es el acto de la obediencia.Por consiguiente, la religión cristiana no brinda,ni en su vertiente católica ni en sus desarrollos protestantes, modelos que permitan pensar las diferencias sexuales como alternativas equivalentes.


Hay muchos casos que nos indican que existen opciones según las cuales se puede entender que en cualquier campo(incluso en la estructura social) no es necesaria la imposición de un modelo único, y ni siquiera la síntesis de los contrarios (que en última instancia los limita), sino la preservación de una diversidad evaluada como equivalente, valiosa y fructífera.


De hecho, la obervación misma de la naturaleza debería llevar al desarrollo de modelos de diversidad equivalente.


Como señalaba ya Marcuse en la década de los sesenta, la sociedad  industrializada es “unidimensional” y propone la construcción de personas idénticas entre sí.Por otra parte es incapaz de tolerar tampoco la diferencia entre las culturas, lo que está en la base de la legitimación de sus prácticas etnocidas: imposición a los pueblos que caen bajo su explotación y dominio de una religión ( o de un tipo de religión) como única cosmogonía aceptable, de una tecnología y de una ciencia como única forma de acceder al conocimiento, de una estrategia de pensamiento como la sola lógicamente correcta y de una ética( y una estética) como las únicas posibles.
Si esta imposición de modelos hegemónicos es dramática en sus consecuencias con respecto a los otros desarrollos culturales autónomos posibles, no lo es menos con referencia a la situación de las subculturas alternativas en el seno de la misma sociedad. Dentro de ellas , la constituida por el grupo de mujeres es sin duda la que se ve más afectada por la presión uniformadora de la sociedad, que tiende a desalentar su posibilidad de desarrollar modelos propios.Presionadas por esta concepción social, algunas veces las mujeres con conciencia crítica rechazan globalmente la situación subordinada de nuestro sexo y el rol femenino en sí mismo, con lo que caen en un vacío entre lo que no se es (hombre) y lo que no se quiere ser (mujer tradicional).A este tipo de propuestas,inducidas por la falta de alternativas sociales, se ha dirigido preferentemente la crítica de paiquiatras como Freud y misóginos en general.Pero es evidente que si la única forma de “ser diferente” imaginable en nuestra sociedad es “ser menos”, muchos sectores terminarán renunciando a la diversidad como una manera de superar la discriminación. En nuestra sociedad uniformadora,se desconoce en la práctica la posibilidad misma de desarrollar modelos alternativos que no sean estigmatizadores.


Cuando hablo de modelos alternativos no me estoy refiriendo a ninguna forma de ser femenina basada en su especificidad biológica,sino a la posibilidad de asumir una división de roles que constituyan una subcultura específica, en relación dialéctica de oposición y complementariedad con la dominante.Una “cultura popular” del ámbito femenino , fragmentada y desconocida, cuyas bases ya existen ( aunque sea difícil de captar incluso para sus propias usuarias).En opinión de la autora. Generar modelos de este tipo han dedicado esfuerzos muchas mujeres en la sociedad tradicional.


IGUALANCIA- MUJERES PÒR LA ANARQUÍA