Las voces del silencio

IGUALANCIA-Diciembre. 2007


Las voces de los poderosos parece que últimamente están creando unos ecos que tienen aires de confusión; ante tantos cambios que se están produciendo desde el colectivo femenino, quieren hacernos creer que el siglo XXI es el siglo de las mujeres, no sabemos si de la revolución de las mujeres; lo que sí nos parece más cierto es que están buscando alternativas para que las cosas no se les vayan de las manos y tratar que los cambios sociales ni difieran mucho de la estructura establecida que es la que les interesa para que todo siga igual aunque parezca distinto.

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Las mujeres con esa ingenuidad que nos caracteriza y esa asunción de la “superioridad masculina” que se alberga en nuestro inconsciente, parecen que nos vamos creyendo esos “mensajes” que nos lanzan para poder seguir controlándonos sutilmente. Lo que más destaca de esa mensajería es la creencia de que nos vamos proyectando más en lo social, en lo laboral, en lo político y en lo académico y que por ello nuestra situación de ciudadanas de segunda clase está desapareciendo; craso error, porque por un lado esas proyecciones se dan sobre todo en la clase medio-burguesa y burguesa, permaneciendo la clase trabajadora sometida profundamente al más radical patriarcado, y por otra, que mientras las mujeres de la clase instruida se afanan en demostrar que son tan capaces como los hombres, abandonan radicalmente la búsqueda de su identidad femenina y por ello de su emancipación de manera consciente, dejando a su inconsciente, “mediatizado” por su educación sexista, inalterable, y por ello, perpetuando la desigualdad y la discriminación.


Con todo, vemos que existen muchos colectivos femeninos que constantemente se encuentran en una situación de búsqueda de soluciones válidas a esta situación que parece que no tiene vías de solución, al menos a corto plazo. Y sí se encuentran encaminadas a esa búsqueda que responde a la pregunta de ¿Quiénes somos? Para darnos una respuesta que no se encuentra mediatizada, influida o determinada, por las ideas masculinas; pero evidentemente son grupos concretos de estudio que con bastante frecuencia ejercen su influencia en colectivos de mujeres concienciadas y que dentro del espectro mundial, suponen una escasa influencia, ya que únicamente son receptivas aquellas que tienen una determinada formación y se encuentran en un estado de evolución madurativa bastante avanzado. Pero el problema, desde nuestro punto de vista es mucho más profundo, porque la gran mayoría de mujeres que pueblan el mundo están situadas en un punto muy bajo de esa evolución y por ello, hablando en números concisos, representan una fuerza conservadora extremadamente fuete y difícil de concientizar.


Es evidente que existe en la actualidad un proceso que es importante considerar y que es el de protesta contra la violencia machista que ha sido facilitado por determinadas leyes y ciertas denuncias de los medios de comunicación, pero que desconocemos hasta que punto ha sido protagonizado únicamente por las mujeres; porque la historia nos demuestra que el “poder” mediatiza las conciencias y éstas se inclinan hacia unas acciones u otras según ese “poder” las acepte o rechace. Porque no es cierto que hoy se ejerza más violencia contra las mujeres que en épocas anteriores, lo que sucede es que hoy se evidencian y se responde a ella con un cierto rechazo. Cuando las mujeres han visto que sus protestas eran “aceptadas” socialmente, han comenzado a expresarlas con más asiduidad.


Pero esta situación de protesta- defensa no supone más que la punta del iceberg del problema femenino, el cual se esconde en lo más profundo de la esencia de cada mujer, tal vez en esa inconcreción que nos caracteriza por  no saber con exactitud si quienes somos responde a nuestra auténtica identidad o es simplemente la consecuencia del entramado social en el cual estamos inmensas.


Desprendernos de esa inconcreción puede llegar a aterrarnos porque desconocemos qué es lo que podemos poner en su lugar y es imposible abandonar una estructura mental hasta que no se ha construido otra y como la conocida es la que nos proporciona seguridad, resulta muy complicada la evolución y la emancipación. Porque mientras nos encontremos en esta ambigüedad personal la influencia que transmitimos a las mujeres de nuestro alrededor es precisamente aquella que deberíamos abandonar.
 
Hace ya tiempo, que las mujeres que no aceptan el papel de sus progenitoras por considerarlo inferior socialmente, cada vez más se van identificando con una estructura mental masculina, abandonando de esa manera la raíz del problema y creando más confusionismo consigo mismas y bloqueando la auténtica solución que el conflicto precisa que es la identificación con su esencia femenina, sea esta la que sea. Reconocer el problema radicalmente supone el inicio de su resolución. Pero es evidente que esto no funciona así; que las mujeres venimos dando bandazos a lo largo de la historia, tal vez por rechazar esta  interrogante de nuestra identidad y esencia y aceptar y asumir la influencia que el patriarcado ejerce sobre nuestras conciencias, haciendo que desestimemos la búsqueda de quienes somos y pretendamos encontrarnos en otros roles que han hecho creer que son más privilegiados.


Buscarnos a nosotras mismas dentro de nosotras mismas y de nuestra linea genética femenina, podría ser un inicio. Mas cuando nos adentramos es esa maraña de nuestra mente y personalidad, todo resulta muy confuso y complicado. Es como un laberinto en donde desconocemos la salida y que tal vez seamos incapaces de localizarla, volviendo a encontrarnos nuevamente atrapadas en ese enmarañamiento de ideas, experiencias, vivencias, órdenes, prohibiciones, acuerdos y desacuerdos que nos encarcelan sin saber cuando obtendremos la libertad.


Porque es de la libertad de lo que se trata. Independientemente del patriarcado, independientemente de la estructura social que nos subyuga con un sexismo implacable. Nuestra causa creemos que es la de la búsqueda de nuestra libertad. Posiblemente con esta perspectiva todo pueda resultar más sencillo. Porque al no respaldarnos en situaciones comparativas con otros colectivos, al no asumir la autoridad de ningún ser humano, al reconstruirnos como personas que buscamos incansablemente nuestra libertad; posiblemente desconstruyamos tantas mediatizaciones a las que la historia nos ha sometido.
Yo, mujer, soy un ser humano, potencialmente libre y expresamente único. No comparable a ningún a ningún otro con unas características personales que únicamente a mí pertenece, que camino por la vida con un único objetivo, desprenderme de toda influencia que pretende distorsionarme, asemejarme, concretizarme o someterme, porque en mi ambigüedad se encuentra la esencia de mi propia identidad. Posiblemente en ese espacio incorrecto, inconsistente y etéreo, yo mujer, me sienta libre.


La pregunta que me asola es la de por qué esto no sucede, por qué buscamos incansablemente otras razones para justificar nuestra situación, si la clave parece sencilla. Y ahí es donde la  maraña vuelve a asomarse a nuestra realidad. Es posible que la inseguridad nos asole y al sentirnos seres originales y únicos nos aterre la soledad. Ese pequeño monstruo que constantemente aparece y desaparece cuando nos enfrentamos con la búsqueda de nuestra libertad. Por ello, tal vez, entornemos las puertas en nuestro camino hacia la emancipación.


Es cierto que con frecuencia nos autoengañamos, porque no deseamos asumir el coste que supone ser hoy más libre que ayer, y los muros del miedo se hacen inconscientemente visibles y nos someten a la inmovilidad, al retroceso o a la justificación de nuestros actos y de nuestra negativa a deambular por senderos desconocidos.  


La emancipación de las mujeres debe ser obra de las mujeres mismas y para ello hay que despenderse del equipaje histórico, cultural y educativo que nos han impuesto, retomar a los orígenes y el origen no puede ser otro que el reconocimiento y la aceptación de nuestra única e irrepetible identidad.


 


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