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Religión de nuestro tiempo

artículo de Gabriel Albiac

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El deporte nunca fue sólo deporte. En sociedad alguna. Basta haber leído, aun someramente, a Homero para saber hasta qué punto en los juegosFutbol de fuerza y destreza se dirime una versión litúrgica del combate. Y se forjan el territorio y los ritos de la identidad; así, los iguales sellan su alianza a través de la satanización del otro.


Jugar a hacer de eso un ejemplo social o aun un modelo frente a las tentaciones, supuestamente más peligrosas, de otros entretenimientos, indica sólo ignorancia. Claro que la brutalidad primaria es rito de paso en las bandas de delincuentes juveniles, que, cada vez más -y por más que se empeñen en ignorado las leyes de protección del menor perfectamente alucinadas que producen nuestras enfermas sociedades-, lo son infantiles. Idéntico es su papel en las partidas de vándalos que fijan su tótem c1ánico en la devoción hacia un campo de fútbol, trocado en campa de aquelarre.


Matar, así, es sencillo. Y lo sencillo se hace. Su sencillez deslumbra. Configurado el grupo como único espacio de sentido en biografías anímica mente indigentes, todo lo que queda fuera es no sólo ajeno; es hostil. No por nada concreto que el otro, el de fuera, perpetre. Es hostil por el hecho mismo de su existencia, por ser y ser otro. Y sólo en la llamada, en rigor chamánica, a borrar a aquel que, al existir, me amenaza, logra el joven vándalo identificar plenamente su ser propio con el de la tribu.
Matar, así, es sencillo.
Lo raro es que no maten con más frecuencia.


No es fácil que, en un mundo tan huérfano de sentidos, saberes, creencias o convicciones como el nuestro, deje de ser buscado ese espacio de la primordial bestialidad física como lugar de culto, comunión, liturgia. Los machos jóvenes de determinadas especies precisan de esa identificación en el vertido de la sangre. Y el retorno a las formas literales de ese vertido es tanto más verosímil cuanto más se degradan los espacios de desplazamiento simbólico. Una sociedad analfabeta y ufana de su analfabetismo no puede tener otro destino que el del retorno a los juegos cavernícolas. No hay hoy ideología política, ni creencia religiosa, ni pasión estética que sea capaz de conmover a los adolescentes como el escalofrío de esa ritual violencia física los conmueve.


Y hay quien paga eso. Al contado. No olvidemos que haes como el escalofrío de esa ritual violencia física los conmueve.y quien lo paga. Y que no son precisamente adolescentes ni locos. La cara más sórdida del deporte es la de esos grandes empresarios que ponen el dinero para que los vándalos campen. Y algún día -así es la lógica- maten. Como seguirán haciéndolo. Es la terrible religión de nuestro tiempo.